La princesa aventurera, el unicornio y el hechicero

Cuento infantil 7+

Escrito por: Paula y Carla Sicard

Ilustración de: Señora Calva.

Valores: cuidarse, no aceptar cosas de extraños, apreciar lo cotidiano, amistad.

El lejano reino de Fiestordán es mágico, lleno de gente amable y feliz. Es el lugar más hermoso que se haya visto en la Tierra. Los fértiles y verdes prados siempre están cubiertos con hermosas y exóticas flores de todos los colores. Las casas de techos rojos y patios floridos parecen adornar el lugar. Allí habitan magos, artesanos, constructores y cocineros, quienes se mantienen ocupados embelleciendo el lugar y llenándolo de deliciosos aromas y colores. Hacen fiestas y banquetes todas las semanas. No hace falta tener un motivo para celebrar; simplemente celebran la vida. Los habitantes de Fiestordán son amigos de todos, menos de los gigantes, a quienes tienen prohibido visitar. Es una aventura muy peligrosa.  

Al norte, las blancas montañas de perpetuas nieves, los separan y protegen de la tierra de los gigantes. Un mar de un intenso color turquesa baña la costa Este del reino, mientras que sus verdes linderos sur-occidentales están coloreados por los inmensos árboles y helechos del húmedo bosque encantado. En ese privilegiado y maravilloso reino vive la princesa Fernanda, en el castillo real. Rodeada de magos, hadas, criaturas mágicas… Y también algunas tenebrosas. 

La princesa Fernanda es una niña muy alegre. Es la más joven de la familia real de Fiestordán. Casi todo el tiempo está riendo a carcajadas. Se siente feliz de vivir. Tiene muchos amigos y le encanta estar rodeada de gente. También es un poco atrevida. A veces no les hace caso a sus padres, los Reyes Hércules y Carlota, a quienes más de una vez les causa dolores de cabeza.

Sus padres y su hermana mayor, la princesa Sofía, quieren muchísimo a la princesa Fernanda y también hacen todo lo que pueden para que se mantenga a salvo a pesar de sus travesuras. Siempre que se mete en problemas alguien llega a su rescate. La reina Carlota le dice siempre con mucho cariño: 

―Hija, debes aprender a cuidarte, no siempre podremos estar para sacarte de aprietos ―Fernanda la mira con sus grandes ojos y asiente con la cabeza, pero no dice ni una palabra sobre eso. Piensa que para tener una vida divertida debe ser muy atrevida.

La princesa Fernanda nunca está aburrida. Tiene tres cuartos de juego: el de las muñecas parlantes, el de las hadas mágicas y uno nuevo de monstruos aterradores que les pidió a sus papás. Además tiene un taller de pintura y otro de música. ¡Son maravillosos! Ella invita a sus amigos a jugar en ellos siempre que pueden. ¡Tanta diversión es mejor si puede compartirla!

Su favorito es el cuarto de los monstruos, que ha quedado de verdad tenebroso. A algunos de sus amigos les asusta mucho. No a ella, que por el contrario se ríe con cada gruñido de los monstruos y también con los gritos de miedo de sus amigos. El más gracioso, dice Fernanda, es su amigo Jorge, que todos los días quiere jugar en el cuarto de los monstruos y siempre sale verde de miedo diciendo que nunca más entrará ahí… y al día siguiente ¡Zas! ¡Otra vez para el cuarto de los monstruos!

La princesa Sofía es 10 años mayor que Fernanda. A pesar de que les gustan cosas muy diferentes, son mejores amigas y disfrutan mucho de pasar tiempo juntas. A veces leen cuentos. A Sofía le encanta leer, sobre todo cuentos de caballeros y princesas. Fernanda los escucha con interés, aunque cuando le toca leer a ella, prefiere los de dragones y criaturas mágicas.

Sofía, al igual que sus padres, le dice a su hermana que debe cuidarse. Que sea un poco más cuidadosa con sus juegos. La princesa Fernanda ha sufrido algunos accidentes que considera pequeños, pero que a sus familiares les preocupan mucho. Como por ejemplo, esa vez que quiso limpiarle los dientes al dragón del ejército del reino, que le quemó una trenza completa por accidente. ¡Quedó con el cabello mitad largo y mitad corto! O esa en que volando sobre Plinio, su fiel unicornio, se le ocurrió practicar acrobacias ¡de pie! y terminó con un yeso en el brazo.

Fernanda pasa también mucho tiempo con su unicornio Plinio. Es pequeño como un pony, con largas crines, que se alborotan con el viento cuando está al vuelo. Es de un color tan blanco que brilla ¡tanto en el día como en la noche! Fernanda pasa largas horas del día volando por todo el reino en su unicornio. Le cuenta sus sueños y sus más profundos deseos. ¡Es un fiel amigo! Plinio, por supuesto, solo la escucha porque no puede hablar ―o eso cree Fernanda―. Pero ella sabe que la entiende. Además se siente siempre protegida cuando está con él.

Faltan ya 10 días para su cumpleaños, el Rey Hércules le pregunta a la princesa qué desea como regalo de cumpleaños.

―Deseo ir a la tierra de los gigantes, padre ―responde Fernanda sin titubear.

―Hija, sabes que ese es el único deseo que no puedo complacer ―le contesta el Rey, cariñosamente.

―¡Pero padre, si tú mismo dices que para el Rey no hay imposibles! ―Fernanda alza la voz.

―Hija, se trata de ser cuidadosos. De nosotros y de nuestro pueblo. No hemos tenido buenas experiencias con ellos. Tienen guardianes y trampas para evitar que los nuestros se acerquen a su tierra… No es posible.

―Pero padre, si todo el mundo disfruta estar con nosotros, por qué los gigantes no querrán…

El rey la interrumpe antes de que termine de hablar:

―No puedo ponerte en peligro ni a ti, ni a nuestro pueblo para complacerte. La respuesta es NO y no se habla más del asunto.

Fernanda ha tenido esta conversación con su padre en otras ocasiones. La respuesta ha sido siempre la misma.

Tan testaruda y atrevida como es, Fernanda no se dará por vencida tan fácilmente…

Sofía le ha contado sobre los guardianes de los Gigantes. Uno de ellos es Gargolo, quien vive solo, a las afueras de la tierra de los gigantes. Dicen que a Gargolo no le gustan ni siquiera los otros gigantes y que si atrapa a alguien husmeando por su casa, lo mete en un calabozo y no lo deja salir nunca más. Debe ser un gigante muy gruñón.

El segundo, es un guardia hechicero que lee el pensamiento. Nadie sabe su nombre, ni lo pueden reconocer porque se disfraza y cambia de formas y nombres. Hechiza a quienes se acercan a la tierra de los gigantes y se las arregla para que terminen atrapados en los calabozos de Gargolo.

Todos le han advertido de lo realmente peligroso que es tratar de aproximarse a la tierra de los gigantes. Fernanda, de todas maneras, desea saber cómo son y constatar con sus propios ojos, la verdad de todas aquellas historias.

Esa tarde, mientras hace su paseo diario, piensa: “Para llegar a la tierra de los gigantes, entonces solamente debo cuidarme de no encontrarme con Gargolo ni con el hechicero”. Mira a Plinio. Sus ojos brillan. Le dice: 

―¡Tengo una idea! ¡Si vamos volando alto, muy, alto, por encima de las nubes donde los gigantes no alcanzan, podría pasar por encima de la casa de Gargolo y llegar a la tierra de los gigantes! Seguramente el hechicero tampoco será un problema a esas alturas.

Plinio relincha y la mira con los ojos muy abiertos. Parece asombrado o asustado. Ella no atiende a las protestas de su amigo. Sabe que, como siempre, él la acompañará a donde ella quiera ir. No va a dejarla sola.

―Está hecho Plinio. Nos iremos mañana al amanecer. Así estaremos de vuelta en la tarde y nadie lo notará.

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